Textos del Libro "Valijas con voces" de Sara Manghesi de D'Alessio
La mirada
Me maravilla el poder de la mirada, esa que silenciosa
y dúctil, hoy declara el amor y mañana hiere. Esa que dice todo sin
hablar, que es capaz de acariciar sin piel. Me maravilla descubrir que la mirada, sin dañar, puede
robar una imagen y esconderla adentro, para siempre; que con suavidad de brisa me permite fugarme hacia la nada, o viajar hasta el horizonte, sin moverme. Me maravilla saber que con la mirada puedo recorrer todo el paisaje y atrapar el atardecer en la montaña. Me maravilla, a través de la mirada, apropiarme de la palabra escrita, y disfrutar de la riqueza de otra mirada,la de los grandes. Me maravilla disponer de la mirada, regalar con ella la sonrisa, esconderla detrás de las pestañas, ponerle luces o apagarla, armarla con dardos refulgentes, o empañarla con lágrimas. Me maravilla el don de la mirada.
El cruzó el puente, y desde ese lugar… ya no hay retorno. No realizó ningún esfuerzo físicamente desmedido, solo un acto, si es que si quiera puede llamárselo así; reflejo, mecánico, imperceptible. No pensó, bueno si lo pensó pero nunca había pasado de eso, de ser un mero pensamiento. Al fin y al cabo era humano y ¿qué ser humano no ha pensado en hacerlo alguna vez?. Lo cierto es que, él cruzó el puente entre lo potencial y lo efectivo. Ese puente que marca la distancia entre lo ficticio, lo que solo es real en el pensamiento, en el deseo. Solo es cierto en la mente de quien lo recrea hasta gozarlo. Solo es real por que se cree y luego se siente. Pero, él no. No se conformó con desearlo. Tuvo que caer en la bajeza de quienes deben sentir sus latidos para saberse vivos. El… apretó el gatillo.
"De un sueño se puede decir de todo, menos que sea una mentira" (Ernesto Sábato)
Sólo ha quedado un dato certero: 28 de junio del 2008. La filmación de las cámaras de seguridad aportó el registro de la fecha y las imágenes capturadas. Trabajaron durante muchísimos años para descifrar las palabras que ahí se dijeron pues por aquel entonces no era posible grabar sonidos. En la escena se ve algo inaudito, que ya se encontraba lo suficientemente corroído como para que lo que ahí sucedió haya sido nominado con posterioridad por los investigadores como el hecho anacrónico más destacado de principios de siglo: en un cyber dos personas sentadas una al lado de la otra, una mujer y un hombre, dialogan. El hecho ha mantenido a todos expectantes, no sólo por su carácter de inusual para esa época sino porque según establecieron se trataría del primer registro encontrado. Un diálogo primigenio que devela un dato trascendental. Han especulado en definirlo en la línea ontogenética como la primera marca de lo que en realidad no hace otra cosa que repetirse. Explican de este modo la derivada de toda relación entre humanos y proyectan un futuro desolador calculando la inminente extinción de dicha especie, algo ya esperado en la filogénesis. Para quienes aún la poética es determinante afirman que la subjetivación de dicho hallazgo surge de la interpretación del único gesto filmado. A desmedro de tal inyección de semiótica otros consideran que sólo la trascripción de dichas líneas permite el descifrado. Ella-si, ya sé que sos vos. Él-bueno. -¿cómo hiciste? -nada, vino este tipo, me propuso cambiar su cuerpo por el mío, me aclaró que seguimos siendo cada uno el que éramos. Nos cambiábamos el cuerpo nada más. -debía haber estado harto de si mismo o capaz tenía demasiadas deudas, un mafioso quizás. -¡que sé yo! -también vos…desde que nos separamos estás más… cuidate un poco, haceme el favor. -¡tcht! Para que mierda te cuento… -¿y cuándo fue? - anoche como a las tres. -me da pena, ya no es tu voz, no sé cómo vas a hacer, tu piel cambió, tu pelo, tus manos. -obvio -imagino que te las vas a arreglar con eso. -…. -y decime…cómo vas a hacer para… - eso ya no importa. Él se levanta y se va. Ella con su mano derecha se toca su entrepierna.
Una botellita sin tapa, una escritura ilegible en su frente indica su procedencia antiquísima ¿cómo llegó a sus manitos? No se la regaló nadie. Sus manitos entraban justo por el agujero pequeño de la caja. –abu!!- gritó- y esta botellita… ¿qué tiene? Una mueca se dibujó en la cara de la madura mujer. – esa botellita…tiene el olor del amor.
Adolf camina por las grises y heladas calles de Linz. Ese frío callejero parece llegarle al alma. Da pasos cortos, lentos, tristes. Mira al frente. Los músculos de su cara están tan tensos como una cuerda recién atada. Se siente solo, abandonado. Algunos autos pasan echándole humo. Él tose. Es un niño, desabrigado de amor. Todo está perdido, se dice. Franky se fue y no va a volver. Está oscuro. Llega a casa. Tiene hambre. Busca pan, pero no encuentra. Pone a hervir el agua. Busca té. Tampoco hay. Sale al patio, grita un largo Fraaaaaanky. No hay respuesta. Se sienta en esa silla en la que, alguna vez, su madre lo tuvo en brazos. Desea sentir la suavidad de aquellas manos sobre las suyas, la tibieza de los besos que supo recibir, unos pocos años atrás. La verdad es que es eso lo que Adolf quiere recordar. Ella murió cuando él era pequeño. Tal vez sea la nostalgia errada lo que lo impulsa a buscar el cuaderno con escritos de su madre. Trata de correr al depósito, pero los altos pastos del jardín se lo impiden. Cuando llega, se da cuenta de que la puerta ya había sido abierta. Allí estaba. Adolf siente un silencio amargo que gana su garganta. Franky yace en el suelo de madera. Su cabeza está apoyada suavemente sobre su vieja almohada. Abre un ojo, el que tiene sano y mira a Adolf como suplicándole que se vaya. El niño se arrodilla junto a él y lo acaricia. Con sus manitos trata de limpiar la sangre que mana de su oreja y torso. Franky al sentir el rose, jadea y Adolf se asusta. Pasan unos segundos en los que sorprendido, Adolf no hace nada. Su perro vuelve a mirarlo con los ojos húmedos. El niño se acerca y Franky lame su mejilla. Así se quedan por unos momentos, minutos u horas. Uno junto al otro, recordándose amantes de juegos, corridas y paseos. Adolf siente por primera vez en el día la tibia ternura que el mundo le debe. Franky parece haberse dormido. Adolf se levanta y busca el cuaderno de su madre. Cuando vuelve, su amigo abre los ojos y le dedica su último saludo. La vida defraudó una vez más al pequeño Adolf. El abrazo fue largo. El llanto también. El pequeño, de 8 años, acaricia la suavidad del pelaje de su perro. Minutos, horas, días más tarde promete en una hoja rayada la venganza a sus vecinos polacos.
El silencio de la tristeza
Corre viento. El agua empuja con fuerza. El marinero anuda la vela al mástil. Una larga cuerda queda suelta, aunque no llega al suelo.
Su fina cabellera se despeina por ese aire helado que intenta entrar a su pecho. No habla. Camina a paso lento, haciendo sonar sus tacos en la madera. Trata de mirar a algo, pero no puede. Sigue con la vista al frente. Saca de su cartera un pañuelo, se seca las lágrimas. Ha llegado.
Abre el viejo baúl. Al momento que lo hace, se paraliza. Su corazón se reprime, su cuerpo se tensa. Recuerda con dolor. Las imágenes que extrae del baúl recorren su mente.
Se arrodilla y acomoda su larga pollera negra. Esperaba oír a las gaviotas pero la tormenta que se avecina parece haberlas espantado. Hasta el viento parece haber callado. La invade… el silencio. Se escucha gritando. Se escucha peleando. Se escucha llorando. Al principio lo percibe claramente, luego él se va, y queda sola, acompañada sólo por su propio bullicio.
Sostiene la soga. El muelle ya se ve lejos y se despide. El nudo en su garganta es áspero y al caer siente la presión sobre su cuello.
Ella se pone de pie y salta al agua. Quiere nadar y llegar a él. Pero la nave está ya muy lejos, las velas apenas se ven desde allí. Sigue nadando en el mar helado.
Ambos se encuentran, minutos después, en el silencio eterno y sus voces conversan para siempre.
-- ¿Qué pasaría si todo lo que dijéramos se hiciera realidad?
Labios vendados
Prometí no hablar. O, mejor dicho, me obligaron a callar.
Aprendí a pensar, repensar y volver a pensar cada palabra que saldría de mi boca.
Mi voz era gruesa y triste. Casi nadie me escuchó, nunca, salvo mis padres y… vos.
De chiquito recuerdo jugar en el jardín a la vista de todos. Cuando crecí un poco todo eso acabó. No podía salir de mi casa.
Un día lo escuché desde la ventana de la pieza de mis papás. Los vecinos decían que yo era sordomudo, que tenía no sé qué enfermedad y que por eso me consentían con regalos que salían por televisión.
Comencé pensado que de verdad era mudo, pero no sordo, y me di cuenta de que no eran mis padres los que me compraban juguetes sino que era yo mismo el que los conseguía. Todo lo que decía se hacía realidad.
Iba por la vida, o en verdad, por la casa, con la boca vendada y cubierta por un barbijo hasta que me daba hambre y rogaba con las manos que me liberaran. Comí siempre en silencio. Viví callado.
A los once años salí por primera vez a la calle. Sentí mucha culpa, porque había escapado. Mis padres no estaban, aproveché y me subí como pude al techo para bajar de un salto. Allí estabas. Vos, mi vecina.
Te asustaste al principio. Nunca me habías visto, y por la forma en que caí, como del cielo, no parecía muy amigable. Yo te observaba, callado, como siempre. Me tuviste pena. Sin saludarme, y con las manos temblorosas me desataste con delicadeza la venda. Aquella fue la primera caricia de mi vida. Te despediste, así, rápido y susurrando, “volvé mañana”.
Los gritos duraron horas, los golpes un poco menos. Mamá lloraba, papá estaba furioso. Me preguntaban muchas cosas, como quién te desató, cuánta gente te vio, estás seguro de que no abriste la boca. Pero no me dejaban responder. Me oprimían la boca con las manos y varias veces pensé que me iba a asfixiar.
Me esperaste. Todos los días. Murmuraste, gritaste cuando estaba solo. Yo te oí, todas las veces, pero mis labios estaban sellados.
Crecimos más, y las cartas sobrevolaban la tapia. Así pasaron años. Hasta que nos revelamos los dos. Hablaste con mis padres. Dijiste lo que yo no podía. No les importó nuestra amistad.
Entonces, me liberaste nuevamente. Me suplicaste que lo dijera, que fuera valiente, me prometiste estar siempre a mi lado. “DÉJENME SER LIBRE” grité, con fuerza y decisión. Mis padres bajaron la cabeza, y se fueron a su habitación. Tiramos las vendas y los barbijos para siempre.
Te lo propuse por escrito. Me dijiste que sí, y mi mayor deseo se cumplió sin decir palabra.
POEMITAS SUELTOS De Irma Samosiuk, que forman parte de su Poemario DICIENDO
1
Me hago chiquita para caber en el mundo porque no me dejan. Me pisan, atropellan, hacen que me de vuelta, caminando hacia el lado que no quiero. Me llevan en su estampida, de ganado arriado, asumen que estoy con ellos. Me hago chiquita, para tener la libertad, de meterme en los recovecos mas inusuales, y poder mirar, pensar, a donde quiero ir. 2 Un punto, no una coma, es el tiempo que me doy, para creer que si he sobrevivido, es, porque ha valido la pena. Un punto, para saber, que no todo da vueltas en círculos. Un punto, que está en el medio de mi corazón, que no pesa nada, que no saben que está, que dicen que es el alma. Mi alma que quiere salir, y todavía, llama pidiendo permiso. Pero no se hasta cuando. 3 Ya está, esto de sostener las palabras que se atropellen, una tras otra, en la puerta de la boca, para no herir y seguir escuchando, el derecho que tienen los demás de decir. Llegó el tiempo de dejarlas en libertad aunque en un principio no sean comprendidas del todo.
Irma Samosiuk
OTROS POEMAS...
Nos tildaron amigo mío Por la ropa Por la barba Por el pelo largo Por el modo de reír y hablar Por los gestos Por lo que emanábamos al caminar Nos tildaron amigo mío Porque el mundo era de arcilla Porque las palabras eran únicas Porque la mirada era transparente e inocente Nos tildaron amigo mío En las caminatas hasta el amanecer En los cafés solitarios En la lectura concentrada, pensada Nos tildaron amigo mío Hasta sonreír cuando ahora nos vemos repetidos en la euforia de otros Hasta en esa lágrima que cae de emoción Hasta saber que hemos sido domesticados.