
TEXTOS ENCADENADOS
Sobrevivientes o responsos, almas errantes con la carga a cuestas de una riqueza jamás perdonada: la naturaleza fecunda derrochándose en flores, minerales, animales y frutas. Tesoros que hace siglos una Pachamama pródiga entregara a sus hijos, convirtiéndolos en herederos de la tierra. Nativos de piel cobriza y pies desnudos, marcando el territorio con el humo del suelo.
Pronto, quizás demasiado pronto, el continente fue invadido por una raza desconocida. Venían de otro mundo, atravesando los mares, con las velas al viento y las banderas desplegadas. Llegaron hace más de quinientos años. Una marea roja cubrió el territorio a lo largo y a lo ancho, sin respetar planicies, selvas, desiertos ni montañas. Acompañados de la muerte, sembraron sangre y huesos, opresión y tiranía.
Los conquistaron de todas las formas posibles. El asombro fue una de ellas. Creyeron que esos hombres de rostro pálido como la sal y cabellos rubios eran sus dioses que venían en busca de venganza. Las armas fue otra, sorprendiéndose a la vista de esos raros instrumentos que despedían rayos. Las enfermedades, las pestes y el trabajo inhumano, completaron el genocidio.
Finalmente “civilizados”, fueron sobrevivientes o responsos, desterrados a los rincones yermos, a los desiertos sin fin. Desaparecieron de a poco, pero están, seguro, en algún lado, tras los árboles, enrollados en las lianas, bajo las tumbas que el viento acaricia.
Están, seguro, en algún lado, nube o tumba.
Lo sé.
María Cristina Vázquez
Están en algún sitio, estoy segura. Amalgamados con el barro seco del pantano que habitaron, florecientes, sobre el que Ciudad de Méjico los sigue pisoteando. Ellos de vez en cuando vuelven a sublevarse, y tiembla Méjico. Se cae, se arrepiente, y conquistados y conquistadores de huesos rotos, igualados en la muerte, firman la paz del cementerio.
Están en algún sitio, estoy segura. Enroscados como lianas en la selva, allá en el Amazonas, a veces se apoderan del veneno y en serpientes devuelven algunas estocadas. Otras veces cabalgan en pirañas, y el Orinoco los pasea por su imperio, dando batalla aún, a diente y garra.
Están en algún sitio, estoy segura. En el silencio abismal de Machu Pichu, de Tilcara, de Quilmas. En el vacío abrumador de la Puna, en el cañón protector de Talampaya. Allí donde su ausencia es más poderosa que el fragor de mil batallas, siguen moliendo siglos, sin
ruido, en morteros y conanas.
Están en algún sitio, estoy segura. En granos de maíz siguen sembrados, y desde el vuelo del cóndor nos vigilan, acá en el norte. Más al sur, allá en la pampa, cansados de malones y cautivas, guarecidos en el ombú nos perdonan la vida. Luego, convertidos en dorado, remontan el gran río y en Paraguay germinan en mandioca.
Están en algún sitio, estoy segura. Metidos en la entraña de la tierra solo muestran sus manos, allá, en la Patagonia. Nos dicen ESTOY, YO SOY desde todas las edades. No duermen, sólo esperan.
Están en algún sitio, estoy segura. Quinientas quince veces aplastados, diezmados, destrozados a bala, espada, fuego y cruz, y sin embargo, desde allí donde están, va resurgiendo en toda América lo que quedaba atrás, ese andamiaje.
Están en algún sitio, estoy segura. Enroscados como lianas en la selva, allá en el Amazonas, a veces se apoderan del veneno y en serpientes devuelven algunas estocadas. Otras veces cabalgan en pirañas, y el Orinoco los pasea por su imperio, dando batalla aún, a diente y garra.
Están en algún sitio, estoy segura. En el silencio abismal de Machu Pichu, de Tilcara, de Quilmas. En el vacío abrumador de la Puna, en el cañón protector de Talampaya. Allí donde su ausencia es más poderosa que el fragor de mil batallas, siguen moliendo siglos, sin
Están en algún sitio, estoy segura. En granos de maíz siguen sembrados, y desde el vuelo del cóndor nos vigilan, acá en el norte. Más al sur, allá en la pampa, cansados de malones y cautivas, guarecidos en el ombú nos perdonan la vida. Luego, convertidos en dorado, remontan el gran río y en Paraguay germinan en mandioca.
Están en algún sitio, estoy segura. Metidos en la entraña de la tierra solo muestran sus manos, allá, en la Patagonia. Nos dicen ESTOY, YO SOY desde todas las edades. No duermen, sólo esperan.
Están en algún sitio, estoy segura. Quinientas quince veces aplastados, diezmados, destrozados a bala, espada, fuego y cruz, y sin embargo, desde allí donde están, va resurgiendo en toda América lo que quedaba atrás, ese andamiaje.
Sara M. Manghesi de D’Alessio
Lo que quedaba atrás, ese andamiaje heredado, cargado de sangre inocente, de vergüenza, de hipocresía, pesaba miles de toneladas que impedían que el hombre, de rasgos indígenas, caminara fácilmente por la senda que lo conducía a la gran pampa poblada de sembradíos, y animales de razas con nombres complicados.
Era un descendiente de esa sociedad que siglos atrás habitaba esos lugares, que fueron exterminados por una cultura imperialista europea creyéndose superior.
El hombre quería grabar en su retina las imágenes de esa tierra, “su tierra”, ganada con trabajo y honestidad por sus ancestros; quería por siempre recordar el genocidio más grande de la historia, el sometimiento, el avasallamiento a que habían sido sometidos los pueblos originarios de América, quería hacer suya la frase de Eduardo Galeano “...la única manera para que la historia no se repita es tenerla viva”.
Años atrás había sido confinado, junto con todos sus hermanos a vivir en una reservación, vivir es un decir, más bien a morir en medio de la nada, hasta que Dios se apiade de ellos.
De pronto siente voces airadas, gira y ve una caravana de enormes vehículos de vidrios oscuros, ocupados por hombres de aspecto imponente, que se dirigen hacia él, lo rodean, lo insultan, lo tratan de cuatrero, lo atan de manos y pies y lo arrastran hasta el limite de esos verdes campos; la historia se repite, como hace siglos está siendo expulsado, como un ladrón, como un asesino, al igual que lo fueron sus antecesores.
Sus fuerzas lo abandonan, su cuerpo no resiste más, cansado de tanto dolor, de tanto sufrimiento, de tanta hambre; su cabeza es un torbellino, gira y gira y antes de desmayarse, sus ojos ven pasar árboles y pájaros.
Aurelia Mercedes Bértola

Maximiliano Monti
Hace tres
Cinco
Siete
Ceremonias
Que apenas amanece, el Sol es sangre y muerte.
El borde filoso de los látigos, se mezcla con el asombro de cada herida, y con mis manos
Amaso el pan de penas más amargo
Cuando miro hacia el cielo, se desploman sobre mí los silencios de una lengua extraña y
Amarilla de babas, y algunas veces, olor a mujer será el que ordene la locura.
No entiendo qué hacen con los dedos, porque se marcan señales en el pecho muy confusas...
¿Tendrán al Gran Espíritu encerrado?
Desde el mar más azul, sólo llegó la noche y en un susurro de espantos y delirios, apenas encendemos la mirada en mensajes, cae el castigo cruel del odio.
Nos dieron turno para romper la tierra y levantar los frutos.
Y hasta el Sol, tiene marcado su camino…
Cuando la sombra ya es, raros murmullos de deseo y lujuria, se desvanecen en hijos que no serán jamás amados.
Y después…. el silencio.
Como si el Universo se avergonzara de tanta crueldad y estúpida conquista.
Entonces, comienzo yo, calladamente, a dar turnos y ordenar posiciones:
-decido, desde lo más profundo de mi sangre y mi memoria el conjuro, y a lo lejos, en el final del tiempo que a la fuerza habremos compartido, declararé si son
Sobrevivientes
O
Responsos
Adriana Petrigliano
Cinco
Siete
Ceremonias
Que apenas amanece, el Sol es sangre y muerte.
El borde filoso de los látigos, se mezcla con el asombro de cada herida, y con mis manos
Amaso el pan de penas más amargo
Cuando miro hacia el cielo, se desploman sobre mí los silencios de una lengua extraña y
Amarilla de babas, y algunas veces, olor a mujer será el que ordene la locura.
No entiendo qué hacen con los dedos, porque se marcan señales en el pecho muy confusas...
¿Tendrán al Gran Espíritu encerrado?
Desde el mar más azul, sólo llegó la noche y en un susurro de espantos y delirios, apenas encendemos la mirada en mensajes, cae el castigo cruel del odio.
Nos dieron turno para romper la tierra y levantar los frutos.
Y hasta el Sol, tiene marcado su camino…
Cuando la sombra ya es, raros murmullos de deseo y lujuria, se desvanecen en hijos que no serán jamás amados.
Y después…. el silencio.
Como si el Universo se avergonzara de tanta crueldad y estúpida conquista.
Entonces, comienzo yo, calladamente, a dar turnos y ordenar posiciones:
-decido, desde lo más profundo de mi sangre y mi memoria el conjuro, y a lo lejos, en el final del tiempo que a la fuerza habremos compartido, declararé si son
Sobrevivientes
O
Responsos
Adriana Petrigliano
Hace tres
Cinco
Siete
Siete
Ceremonias
Que desnudaron cada rincón del cuerpo y se dejaron ser a su destino. Iban marcados en la frente, aunque apretaran los puños y vomitaran un silencio espeso. A saber:
-vos, vas a lavar la ropa de los niños, los pisos, las cocinas.
-vos, te agacharás hasta la muerte en la inmensidad de mis fincas y mi poderío. Si con la espalda rota lo sembraste, con la espalda rota se levanta.
- y a ver vos, túmbate acá nomás, no por hermosa, sino porque el deseo tiene urgencias ahora, y esa piel tan oscura me enceguece.
- y vos, y vos, a recoger, hachar, fregar, callarse, obedecer, y por mi gran Señor, no se te ocurra levantar ni la mirada ni la voz, no vaya a ser que el dios que yo venero, lance su ira en mis comarcas…
Hace tres
Cinco
Siete ceremonias
Pero no aprenden
Informaré a la Espada y a la Cruz, oportunamente, y ellos decidirán si son
Sobrevivientes
O
Responsos
Adriana Petrigliano